lunes, 3 de diciembre de 2007

6 "MINISTROS" SEPULTARON A LA SCJN




Excélsior, 03-Dic-2007

Horizonte político
José A. Crespo

La ministra “preciosa”

En su nuevo libro, Memorias de una infamia, narra Lydia Cacho las tribulaciones que pasó durante su secuestro, ordenado por Mario Marín, el góber mafioso. Un trayecto en coche, de Quintana Roo a Puebla, que duró varias horas. “Esto es ilegal, es un secuestro, no me dejaron ver a mi abogada, necesito mis medicamentos, no vi la orden de aprehensión”, reclamó ella a sus captores. “Qué derechos ni qué chingadas… A callar, pendeja”. En efecto, estaba a merced de los esbirros de Marín, por lo cual se hallaban en grave riesgo, conociendo cómo se arreglan ese tipo de asuntos en las repúblicas bananeras. Lydia solicitó ir al baño. “Al entrar en el pequeño baño, él (uno de sus captores) se me pega a mi espalda, rozando su vientre a mis nalgas. Intento quitarme, pero él me toma el cuello y me dice: ‘Tan buena y tan pendeja. ¿Para qué te metes con el jefe?’... Pone su mano en mi seno izquierdo y me aprieta hacia sí: siento en el homóplato su arma, me lastima y se lo digo. ‘¿Te gusta la pistola, periodista?’” Lydia responde: “Por favor, déjeme entrar (al baño)”. “‘¿Qué me das?’ replica el esbirro apretando más sus genitales a mí”. Después, otro de sus secuestradores saca su arma y le dice “‘¿Te gusta meterte con hombres de verdad?’… Toma su arma y me la pone en los labios. ‘Abre la boquita’. Haciendo movimientos semicirculares mete más el arma”. “‘Si toses se dispara’ (la periodista estaba agripada). Sigue jugueteando un rato con la pistola en mi boca, la mete y la saca y hace comentarios de índole sexual”. “École, que se dispara”, bromea. “Baja el arma dice Lydia y la pasa en semicírculos por mis senos… Con una mano jala mi pierna derecha y la abre. Rápidamente baja el arma y la pone entre mis piernas. Me ordena que la abra más, pero me resisto”. “Ya ves le aclara el agresor, esto te pasa por andar inventando que el jefe se mete con niñitas”. Poco después, el policía “comienza a bajar el cierre de mi pantalón. Siento una incontrolable humedad en los pantalones” (tras horas de no haber podido ir al baño). Después la “invitan” a dar una “nadadita” en el mar, de noche, lo que implicaba la posibilidad de que “accidentalmente” se ahogara. Por la oscuridad, claro. Al advertirle Lydia a uno de sus captores que podría estar metiéndose en un lío legal, “empieza a contar anécdotas de todas la veces que les han denunciado ante Derechos Humanos, pero comentaban que no servía de nada”. Tenían razón, ahora sabemos que ni siquiera la Suprema Corte sirve de nada al tratarse de atropellos cometidos por las mafias políticas.

Estas y otras vejaciones que constituyeron el “coscorrón” que Marín le dio a Cacho, no fueron creídas por el ministro Salvador Aguirre Anguiano (le cree más a Marín, hombre probo como el que más). Y a la ministra Olga Sánchez Cordero le pareció que no eran violaciones a las garantías individuales “ni graves ni leves”, por lo cual decidió exonerar al cacique de Puebla. Extraño que en su condición de mujer no tenga la sensibilidad para valorar lo que para una mujer pueda representar el tipo de vejaciones a que fue sometida Lydia. A partir de ahora, gobernantes, funcionarios, policías, esbirros y otros ejemplares del zoológico político-policial saben que pueden violentar impunemente los derechos humanos. ¿Qué se requería para que doña Olga considerase que se violaron garantías individuales? ¿Tuvo que haber una penetración vaginal con la pistola del esbirro? ¿Tuvo que habérsele disparado el arma? ¿Tuvo que haber habido una “nadadita”? Si algo semejante le llegara a ocurrir a la ministra, ¿pensaría todavía que tales vejaciones no violentan las garantías individuales? Y, sobre todo, ¿qué la hizo cambiar el sentido de su voto? ¿Recibió un telefonazo de Kamel Nacif declarándola la “heroína de esta película”? ¿O vino de mucho más arriba? Sólo le faltó declarar que Lydia simplemente padece una “gastritis mal cuidada”. Mujeres como Lydia Cacho despiertan esperanzas de que este país puede cambiar. Mujeres como Sánchez Cordero abortan tales esperanzas. Hasta las celadoras de Lydia en Puebla fueron más solidarias que la ministra que, diciéndose defensora de su género, en realidad traicionó a su género.

Uno de los agresores de Lydia presumía de su impunidad al recordarle: “A mí me cuida mi jefe, a usted, ¿quién la protege?” “Nadie” respondió Lydia. Tenía razón. Nadie la protegía y nadie la protege ni siquiera las ministras de la Corte. Como tampoco a ningún otro ciudadano de a pie ni a periodistas independientes. Recordemos que el “coscorrón” a Lydia fue una lección de Marín “para que aprendan otros y otras”. Esto sí que fue un golpe a la libertad de expresión. A partir de ahora, los llamados del gobierno para que la ciudadanía coopere en el combate al crimen organizado resultan ridículos. ¿Quién va a hacerlo, para quedar después totalmente desamparado por la “justicia” mexicana? Con su decisión, la Corte propinó un duro revés a nuestra ilusa aspiración democrática. Y se asestó también un golpe a sí misma. Lástima. Iba bien.

No debe olvidarse tampoco que Felipe Calderón dio un giro de 180 grados: de exigir juicio político a Marín, le prodigó después su respaldo institucional, prohibiendo a su partido recordar el asunto en los recientes comicios. “Hey, por ahí no”, dice Manuel Espino que le dijeron desde Los Pinos. La propuesta legislativa de incorporar los derechos humanos a rango constitucional, después de esto, se ve como una broma de mal gusto. Con su decisión, la Corte dio indirectamente la razón a Andrés López Obrador y muchos otros ciudadanos y agrupaciones (incluidas las guerrillas) que piensan que nuestras instituciones presentan un grado avanzado de putrefacción.

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