Excélsior, 24 de abril de 2008
Poder y no poder en el México actual
Humberto Musacchio
La negociación sin condiciones ni calificativos está a la orden del día, resulta incluso indispensable, pero es dudoso que en nuestra paupérrima clase política exista la grandeza que necesitan los grandes momentos históricos.
En medio de la abundante bisutería que arroja día con día la política mexicana, conviene levantar la mira para entender lo que está debajo de los conflictos de ocasión, de los debates, los silencios, la dispersión ideológica y los actos de fuerza. Más allá de los empeños del PRIAN por vender lo que resta de país, al margen de los conflictos que atraviesan a varios partidos y sin olvidar las manifestaciones de fuerza del PRD, es obvio que el poder no puede o, tal vez, que más propio sería hablar de la impotencia generada y generalizada por la confrontación de los poderes tanto institucionales como fácticos, legales e ilegales.
En buena medida, la urgencia de las fuerzas gobiernistas por rematar el patrimonio nacional obedece a una profunda desconfianza en las fuerzas propias de los mexicanos y en la falta de certezas sobre el mañana. Igualmente, como se saben viviendo al día, los perredistas optan por la ocupación de la tribuna en ambas cámaras.
Detentador de un poder legal que no consigue ganar la ansiada legitimidad social, Felipe Calderón da palos de ciego, el más peligroso de los cuales es haber sacado el Ejército a las calles por la desconfianza que le merecen las abundantes y corruptas policías que padecemos los mexicanos. Sin embargo, el resultado de una medida tan poco prudente ha sido que se le pierda el respeto a la institución castrense, pues si en los años ochenta y noventa eran casuales las bajas militares, hoy las mafias se enfrentan todos los días a los de uniforme verde y matan a oficiales y tropa.
Alguien debió advertirle al ocupante de Los Pinos que las Fuerzas Armadas representan la última línea de defensa del Estado, y que es muy peligroso para el Estado mandarlas a cumplir tareas policiacas y a enfrentar a un poder frecuentemente mejor armado, más numeroso y con medios económicos superiores. Cuando eso ocurre, a los militares se les cierra de hecho el camino de regreso a los cuarteles, a los que no pueden volver derrotados, pues de esa manera se evidencia que la nación ya no está protegida por ellos. Pero tampoco pueden seguir indefinidamente en las calles, sufriendo bajas cada vez mayores y mostrando su impotencia ante los delincuentes. Dicho más claramente, estamos frente al poder que no puede.
Frente a las fuerzas de la derecha, representadas por el PAN, el PRI y sus satélites, se levanta el PRD, partido que hoy se halla en su más profunda crisis, pues en él han coexistido dos grandes corrientes que hoy están a punto de la ruptura. El gobierno y en general la derecha apuestan a la escisión porque en ella ven la posibilidad de aislar a Andrés Manuel López Obrador y de ganar el apoyo de los llamados Chuchos, no porque necesiten sus votos —PRI y PAN juntos tienen mayoría—, sino por la urgencia de ganar legitimidad para la venta del petróleo y otros negocios.
Por supuesto, ya hay numerosas grietas que anuncian la ruptura total del PRD, pero calculan mal los enemigos de este partido porque de hecho así han vivido los aurinegros desde su origen y, más que nada, porque la irritación y el miedo del PRIAN no es al PRD y a sus legisladores, pues todos ellos hablan a fin de cuentas el mismo lenguaje. El gran temor es al movimiento que está en la calle y que hoy circunstancialmente dirige López Obrador.
Decir que el liderazgo de López Obrador es obra de las circunstancias no es en demérito del ex candidato presidencial. Antes que él fue Cuauhtémoc Cárdenas quien estuvo al frente de esas mismas multitudes y si por la cabecita loca de los extremistas pasa la idea de deshacerse de AMLO, no faltará quien ocupe su lugar, pues se trata de un movimiento que tiene dinámica propia y es muy capaz de generar su propia dirigencia.
Por hoy, López Obrador tiene un amplio consenso en la izquierda social, ese conglomerado informe y multicolor, en su mayoría plebeyo y sin más cultura política que la adquirida en la cotidiana gesta por ganarse la vida, masa diversa y contradictoria. Millones de mexicanos siguen a AMLO con total confianza, pero muchos más, o por lo menos otros tantos, lo consideran el causante de todos los males de la República y se oponen a él en forma militante.
Lo comprobable es que vivimos el desorden que sigue a todo fin de régimen, cuando se imponen las fuerzas centrífugas. Con un gobierno notoriamente incapaz, una oposición decidida pero que suscita una notoria animadversión; con las instituciones desacreditadas y la sociedad carcomida por los odios, a las puertas de una crisis económica mundial y en un ámbito internacional poco tranquilizante, parece llegada la hora de abandonar todo intento de imponerse al adversario. La negociación sin condiciones ni calificativos está a la orden del día, resulta incluso indispensable, pero es dudoso que en nuestra paupérrima clase política exista la grandeza que necesitan los grandes momentos históricos.
Pero si no hay acuerdo, lo que nos espera es el terror bonapartista, o algo peor: la barranca, el despeñadero.
jueves, 24 de abril de 2008
martes, 22 de abril de 2008
LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA
El Universal. Jueves 17 de abril de 2008.
Pemex desnacionalizado
Manuel Bartlett Díaz
No hubo sorpresa, Calderón presentó ini-ciativa para facultar al sector energético para abrir a la inversión extranjera toda nuestra industria petrolera, en contra de la Constitución.
El objetivo es manifiesto: extranjerizar ductos, transporte, almacenamiento, exploración, explotación, refinación. En esto consiste “flexibilización”, “ampliación de las capacidades de operación”, “disposiciones especiales que le permitan fortalecer su autonomía de gestión y técnica”.
La “autonomía de gestión” es un fraude para justificar contratos con empresas privadas que “amplían la capacidad de operación” con transnacionales bajo “contratos de servicios” inconstitucionales rebautizados como “contratos ampliados”. Para esto es la “autonomía”. Imponen el control del Presidente con un consejo de administración de cuatro “profesionales” con facultades exorbitantes, designados por el Ejecutivo, eliminando al Congreso y a la Auditoría Superior de la Federación.
La demanda de “autonomía” ha sido impedir que Hacienda utilice a Pemex como instrumento fiscal anulando su misión de garantizar la energía para el desarrollo nacional. La iniciativa burla el propósito y afianza el sometimiento a Hacienda, proponiendo un proceso que permitiría a Pemex utilizar gradualmente sumas determinadas de sus excedentes, ridículas, siempre y cuando cumpla con un plan estratégico que califica Hacienda.
Pretenden vender “bonos ciudadanos” indefinidos, disfrazando venta de acciones; los financieros extranjeros están al acecho.
La obcecación de explotar aguas profundas del Golfo de México con empresas extranjeras, mediante contratos de riesgo disfrazados, sólo se explica por la subordinación a transnacionales y sus países de origen, desesperados por apoderarse de todo el Golfo. Teniendo reservas en tierra y aguas someras, no urge el Golfo. No se llevarán el petróleo con popotes, Calderón lo quiere compartir.
Ridículo cómo cambian argumentos ante el desmoronamiento de los iniciales para sostener el compromiso privatizador. Ya no es la falta de recursos, ni alianzas para tener tecnología; ahora dicen que falta capacidad de operación, que no podemos avanzar solos, no hay tecnología; se requiere el conocimiento que sólo tienen extranjeros.
Vergüenza. Hemos tenido los mejores equipos de operación, ingenieros del más alto nivel jubilados anticipadamente, un Instituto del Petróleo de excelencia. Todo podemos reponer. Los pretextos invariables: la situación de Pemex, la importación de gasolinas y gas, petroquímica, su descapitalización criminal. Solucionarlo no requiere reformas, sino que el Presidente asuma su responsabilidad.
El proceso de desnacionalización es una historia de infamias, mentiras. Como el pueblo lo rechaza hay que engañarlo, para eso están las televisoras. No hay privatización, dicen, abriendo todo a la inversión privada apoyando la iniciativa con un demagógico discurso presidencial que la presenta como solución a la pobreza, que dará a todos los niños escuela, alimentación, cuando el saldo sería catastrófico.
El petróleo escasea, EU depende del crudo importado, Europa no tiene. La consigna es despojar a las empresas nacionales de sus reservas.
El Congreso de Estados Unidos vetó el intento de una empresa china de comprar una petrolera estadounidense decretando que el petróleo es de seguridad nacional. Aprendamos también: es de seguridad nacional para nosotros la explotación de nuestro petróleo. Debe estar bajo el exclusivo control de México.
Si explotamos, refinamos, transportamos vía transnacionales caemos en una dependencia aterradora. Si dependemos de su ingeniería, de su capacidad de operar, como no lo hemos hecho desde 1938, quedamos en sus manos, perdemos inteligencia y capacidad. Si permitimos contratos de riesgo disfrazados se apoderarán de nuestro patrimonio.
El desastre económico sería mayúsculo: expropiación de las ganancias de nuestra industria fundamental. Vulneraríamos la soberanía. La iniciativa no es del Ejecutivo, es parte del proceso diseñado en el exterior: el TLC, la fragmentación de Pemex, el contratismo internacional ilegal. Recordemos, desnacionalizar es colonizar.
Pemex desnacionalizado
Manuel Bartlett Díaz
No hubo sorpresa, Calderón presentó ini-ciativa para facultar al sector energético para abrir a la inversión extranjera toda nuestra industria petrolera, en contra de la Constitución.
El objetivo es manifiesto: extranjerizar ductos, transporte, almacenamiento, exploración, explotación, refinación. En esto consiste “flexibilización”, “ampliación de las capacidades de operación”, “disposiciones especiales que le permitan fortalecer su autonomía de gestión y técnica”.
La “autonomía de gestión” es un fraude para justificar contratos con empresas privadas que “amplían la capacidad de operación” con transnacionales bajo “contratos de servicios” inconstitucionales rebautizados como “contratos ampliados”. Para esto es la “autonomía”. Imponen el control del Presidente con un consejo de administración de cuatro “profesionales” con facultades exorbitantes, designados por el Ejecutivo, eliminando al Congreso y a la Auditoría Superior de la Federación.
La demanda de “autonomía” ha sido impedir que Hacienda utilice a Pemex como instrumento fiscal anulando su misión de garantizar la energía para el desarrollo nacional. La iniciativa burla el propósito y afianza el sometimiento a Hacienda, proponiendo un proceso que permitiría a Pemex utilizar gradualmente sumas determinadas de sus excedentes, ridículas, siempre y cuando cumpla con un plan estratégico que califica Hacienda.
Pretenden vender “bonos ciudadanos” indefinidos, disfrazando venta de acciones; los financieros extranjeros están al acecho.
La obcecación de explotar aguas profundas del Golfo de México con empresas extranjeras, mediante contratos de riesgo disfrazados, sólo se explica por la subordinación a transnacionales y sus países de origen, desesperados por apoderarse de todo el Golfo. Teniendo reservas en tierra y aguas someras, no urge el Golfo. No se llevarán el petróleo con popotes, Calderón lo quiere compartir.
Ridículo cómo cambian argumentos ante el desmoronamiento de los iniciales para sostener el compromiso privatizador. Ya no es la falta de recursos, ni alianzas para tener tecnología; ahora dicen que falta capacidad de operación, que no podemos avanzar solos, no hay tecnología; se requiere el conocimiento que sólo tienen extranjeros.
Vergüenza. Hemos tenido los mejores equipos de operación, ingenieros del más alto nivel jubilados anticipadamente, un Instituto del Petróleo de excelencia. Todo podemos reponer. Los pretextos invariables: la situación de Pemex, la importación de gasolinas y gas, petroquímica, su descapitalización criminal. Solucionarlo no requiere reformas, sino que el Presidente asuma su responsabilidad.
El proceso de desnacionalización es una historia de infamias, mentiras. Como el pueblo lo rechaza hay que engañarlo, para eso están las televisoras. No hay privatización, dicen, abriendo todo a la inversión privada apoyando la iniciativa con un demagógico discurso presidencial que la presenta como solución a la pobreza, que dará a todos los niños escuela, alimentación, cuando el saldo sería catastrófico.
El petróleo escasea, EU depende del crudo importado, Europa no tiene. La consigna es despojar a las empresas nacionales de sus reservas.
El Congreso de Estados Unidos vetó el intento de una empresa china de comprar una petrolera estadounidense decretando que el petróleo es de seguridad nacional. Aprendamos también: es de seguridad nacional para nosotros la explotación de nuestro petróleo. Debe estar bajo el exclusivo control de México.
Si explotamos, refinamos, transportamos vía transnacionales caemos en una dependencia aterradora. Si dependemos de su ingeniería, de su capacidad de operar, como no lo hemos hecho desde 1938, quedamos en sus manos, perdemos inteligencia y capacidad. Si permitimos contratos de riesgo disfrazados se apoderarán de nuestro patrimonio.
El desastre económico sería mayúsculo: expropiación de las ganancias de nuestra industria fundamental. Vulneraríamos la soberanía. La iniciativa no es del Ejecutivo, es parte del proceso diseñado en el exterior: el TLC, la fragmentación de Pemex, el contratismo internacional ilegal. Recordemos, desnacionalizar es colonizar.
lunes, 31 de marzo de 2008
UNA EDITORIAL MÁS DEL MAESTRO
La Jornada, domingo 23 de marzo de 2008
¿Derecha progresista, izquierda retrógrada?
Arnaldo Córdova
El oscurantismo es, entre otras cosas, el engaño sistemático en la interpretación de lo que piensan o proponen los contrarios y se presenta como lo opuesto de lo que ellos son o sugieren. Hoy la moda es, de nuevo, exhibir a la izquierda mexicana como retrógrada y a la derecha como la más progresista, la que quiere el bien del país y su desarrollo, como dice Juan Camilo Mouriño.
Hace dos semanas, Enrique Krauze publicó un artículo en el que desliza la siguiente tesis: los conservadores del siglo XIX mexicano eran proteccionistas; los liberales estaban por la libertad de comercio y la apertura al extranjero; luego los revolucionarios se hicieron proteccionistas y, hoy, la izquierda, de nuevo, se presenta como proteccionista. Recuerdo que, en los años cincuenta y sesenta, nuestros grandes historiadores llegaron a sugerir que, muchas veces, los conservadores tenían propuestas más avanzadas que los liberales en materia de desarrollo económico.
Sin afirmarlo, pero sugiriéndolo, Krauze siente que su derecha “liberal” es heredera de los liberales mexicanos del siglo XIX. No nos ha dicho qué piensa del voto particular de Ponciano Arriaga en el Constituyente de 1856-1857, sobre la cuestión de la tierra, que hizo que don Jesús Reyes Heroles (el grande) bautizara aquel movimiento de ideas como liberalismo social.
Krauze y Mouriño se ostentan como progresistas. Pero, ¿en qué consiste su progresismo? Piensan como los ideólogos del porfirismo: puesto que en México no hay suficiente capital, hay que traerlo de afuera. Los retrógrados revolucionarios mexicanos pensaban lo mismo, sólo que eso, según ellos, se debía hacer bajo reglas que evitaran se pusiera en peligro la soberanía de la nación. Para Krauze y Mouriño, como para sus congéneres del pasado, hay que traerlo y ya, sin restricciones estúpidas que lo puedan asustar, porque, entonces, volaría el pájaro.
Nunca hablan de las reglas y condiciones que se deben plantear a la iniciativa privada para que explote nuestras riquezas nacionales ni, mucho menos, se refieren a exigencias puramente técnicas que es indispensable pensar con cordura y con sentido común. Adrián Lajous nos entregó, hace dos sábados, un excelente ensayo sobre el petróleo en el que, sin adoptar posición ideológica ninguna, sólo nos ilustra sobre el hecho, técnicamente fundado, de que explorar, por ahora, en aguas muy profundas requiere de medios que no existen y, luego, iniciar su explotación, igualmente sin esos medios, sería una locura. Adrián se pregunta qué empresa privada (nacional o extranjera) se echaría el compromiso de llevar a cabo esas tareas haciéndose cargo de los riesgos que ello comporta.
Para nuestros derechistas mexicanos, López Obrador y la izquierda mexicana son retrógrados sólo porque defienden los principios constitucionales en los que se inscribe el deber de defender la soberanía de la nación, pero nos dicen que no quieren reformar la Constitución (sólo quieren anularla mediante leyes secundarias que violan su letra y su espíritu). Es típico de la derecha reaccionaria y pro imperialista nunca hablar de soberanía nacional. Ese no es su tema. Su tema es más bien el entreguismo sin barreras de los bienes comunes de los mexicanos a la iniciativa privada y, si ésta es extranjera y, en especial, española y franquista, cándidamente nos preguntan, “pero, ¿eso qué tiene de malo?” Una cuestión que tampoco la izquierda ha sido muy apta para rebatir.
Para esos derechistas no tiene ningún significado el que casi toda la banca privada esté en manos de extranjeros, ni les inquieta mínimamente el volumen de sus ganancias colosales con las que nos están sangrando. El grupo City Corp tiene en Banamex su única sucursal productiva en el mundo y los españoles ganan más con su banca aquí que en España. No les importa que todas las ramas importantes de nuestra economía estén en manos de compañías extranjeras. Hace tiempo nos pusieron de ejemplo a Corea del Sur. Ahora el gran ejemplo es Brasil. Deberían referirse a lo que esos países hicieron y hacen para preservar su independencia.
Es de reiterarse que la izquierda no está pidiendo, nunca lo ha pedido, que se expropie a ningún privado, aunque a algunos de ellos, como las grandes compañías de telecomunicaciones, se les podría hacer eso con la mano en la cintura si se respetaran y se aplicaran los principios constitucionales que, entre otras cosas, prohíben los monopolios. Pero, además, ¿cuándo, los derechistas nos han tratado con seriedad el problema de la pobreza? Como lo postulaban sus antecesores porfirianos, eso ya se verá después. Con el resultado de que ya no hay en su ideario una propiedad responsable de su función social, como lo marcan nuestra Carta Magna, su legislación civil y lo sostuvieron, muy firmemente, los principios de doctrina del PAN de 1939.
Frente a esta derecha depredadora, franquista y pro yanqui, sólo la izquierda se opone. Ella está haciendo conciencia en el pueblo empobrecido para que luche por su nación y contra los ladrones que la están saqueando. Habría que imaginar un México de hoy sin esa izquierda y sin su líder, tan sólo con el PAN y con el PRI en el poder. Eso es lo que éstos sueñan. Para la derecha, su máxima es el saqueo indiscriminado de todo el que se deje; para la izquierda, se trata de defender del saqueo lo que es nuestro, de enfrentar a sus enemigos (porque son eso) y poner en claro que aquí hay una fuerza que está empeñada en impedirlo.
PS. A mi artículo del domingo pasado le puse por título “El sentido de la democracia”. Todavía no sé qué quiere decir el que pusieron mis editores, “Reconocer y oponerse”, que, además, no guarda relación alguna con lo que allí escribí.
¿Derecha progresista, izquierda retrógrada?
Arnaldo Córdova
El oscurantismo es, entre otras cosas, el engaño sistemático en la interpretación de lo que piensan o proponen los contrarios y se presenta como lo opuesto de lo que ellos son o sugieren. Hoy la moda es, de nuevo, exhibir a la izquierda mexicana como retrógrada y a la derecha como la más progresista, la que quiere el bien del país y su desarrollo, como dice Juan Camilo Mouriño.
Hace dos semanas, Enrique Krauze publicó un artículo en el que desliza la siguiente tesis: los conservadores del siglo XIX mexicano eran proteccionistas; los liberales estaban por la libertad de comercio y la apertura al extranjero; luego los revolucionarios se hicieron proteccionistas y, hoy, la izquierda, de nuevo, se presenta como proteccionista. Recuerdo que, en los años cincuenta y sesenta, nuestros grandes historiadores llegaron a sugerir que, muchas veces, los conservadores tenían propuestas más avanzadas que los liberales en materia de desarrollo económico.
Sin afirmarlo, pero sugiriéndolo, Krauze siente que su derecha “liberal” es heredera de los liberales mexicanos del siglo XIX. No nos ha dicho qué piensa del voto particular de Ponciano Arriaga en el Constituyente de 1856-1857, sobre la cuestión de la tierra, que hizo que don Jesús Reyes Heroles (el grande) bautizara aquel movimiento de ideas como liberalismo social.
Krauze y Mouriño se ostentan como progresistas. Pero, ¿en qué consiste su progresismo? Piensan como los ideólogos del porfirismo: puesto que en México no hay suficiente capital, hay que traerlo de afuera. Los retrógrados revolucionarios mexicanos pensaban lo mismo, sólo que eso, según ellos, se debía hacer bajo reglas que evitaran se pusiera en peligro la soberanía de la nación. Para Krauze y Mouriño, como para sus congéneres del pasado, hay que traerlo y ya, sin restricciones estúpidas que lo puedan asustar, porque, entonces, volaría el pájaro.
Nunca hablan de las reglas y condiciones que se deben plantear a la iniciativa privada para que explote nuestras riquezas nacionales ni, mucho menos, se refieren a exigencias puramente técnicas que es indispensable pensar con cordura y con sentido común. Adrián Lajous nos entregó, hace dos sábados, un excelente ensayo sobre el petróleo en el que, sin adoptar posición ideológica ninguna, sólo nos ilustra sobre el hecho, técnicamente fundado, de que explorar, por ahora, en aguas muy profundas requiere de medios que no existen y, luego, iniciar su explotación, igualmente sin esos medios, sería una locura. Adrián se pregunta qué empresa privada (nacional o extranjera) se echaría el compromiso de llevar a cabo esas tareas haciéndose cargo de los riesgos que ello comporta.
Para nuestros derechistas mexicanos, López Obrador y la izquierda mexicana son retrógrados sólo porque defienden los principios constitucionales en los que se inscribe el deber de defender la soberanía de la nación, pero nos dicen que no quieren reformar la Constitución (sólo quieren anularla mediante leyes secundarias que violan su letra y su espíritu). Es típico de la derecha reaccionaria y pro imperialista nunca hablar de soberanía nacional. Ese no es su tema. Su tema es más bien el entreguismo sin barreras de los bienes comunes de los mexicanos a la iniciativa privada y, si ésta es extranjera y, en especial, española y franquista, cándidamente nos preguntan, “pero, ¿eso qué tiene de malo?” Una cuestión que tampoco la izquierda ha sido muy apta para rebatir.
Para esos derechistas no tiene ningún significado el que casi toda la banca privada esté en manos de extranjeros, ni les inquieta mínimamente el volumen de sus ganancias colosales con las que nos están sangrando. El grupo City Corp tiene en Banamex su única sucursal productiva en el mundo y los españoles ganan más con su banca aquí que en España. No les importa que todas las ramas importantes de nuestra economía estén en manos de compañías extranjeras. Hace tiempo nos pusieron de ejemplo a Corea del Sur. Ahora el gran ejemplo es Brasil. Deberían referirse a lo que esos países hicieron y hacen para preservar su independencia.
Es de reiterarse que la izquierda no está pidiendo, nunca lo ha pedido, que se expropie a ningún privado, aunque a algunos de ellos, como las grandes compañías de telecomunicaciones, se les podría hacer eso con la mano en la cintura si se respetaran y se aplicaran los principios constitucionales que, entre otras cosas, prohíben los monopolios. Pero, además, ¿cuándo, los derechistas nos han tratado con seriedad el problema de la pobreza? Como lo postulaban sus antecesores porfirianos, eso ya se verá después. Con el resultado de que ya no hay en su ideario una propiedad responsable de su función social, como lo marcan nuestra Carta Magna, su legislación civil y lo sostuvieron, muy firmemente, los principios de doctrina del PAN de 1939.
Frente a esta derecha depredadora, franquista y pro yanqui, sólo la izquierda se opone. Ella está haciendo conciencia en el pueblo empobrecido para que luche por su nación y contra los ladrones que la están saqueando. Habría que imaginar un México de hoy sin esa izquierda y sin su líder, tan sólo con el PAN y con el PRI en el poder. Eso es lo que éstos sueñan. Para la derecha, su máxima es el saqueo indiscriminado de todo el que se deje; para la izquierda, se trata de defender del saqueo lo que es nuestro, de enfrentar a sus enemigos (porque son eso) y poner en claro que aquí hay una fuerza que está empeñada en impedirlo.
PS. A mi artículo del domingo pasado le puse por título “El sentido de la democracia”. Todavía no sé qué quiere decir el que pusieron mis editores, “Reconocer y oponerse”, que, además, no guarda relación alguna con lo que allí escribí.
viernes, 7 de marzo de 2008
miércoles, 16 de enero de 2008
Y se vanaglorian de su "poder"
La Jornada, domingo 13 de enero de 2008
Las derechas en el poder
Arnaldo Córdova
Si muchos no lo ven es sólo porque no quieren verlo, pero los hechos están a la vista: las derechas en el poder son desastrosas. Su espíritu oligárquico no les permite gobernar más que de un modo: favorecer los intereses de los dueños de la riqueza sacrificando los intereses populares y del conjunto de la nación. Las derechas tampoco saben gobernar sino abusando del poder. Entre más poder tienen, mejor se desempeñan. Las derechas priístas tenían un poder indisputado y daban la impresión de que sabían gobernar, pero nos llevaron durante treinta años de una tragedia a otra sin solución de continuidad. La derecha panista (o, ¿las derechas?) ha resultado todavía más incompetente para gobernar, sobre todo, porque ya no cuenta con ese poder omnímodo de que gozaban las priístas.
Alguien ha dicho recientemente que los panistas son más cínicos en el ejercicio del poder que nuestros antiguos gobernantes priístas. Siendo cierto eso, yo agregaría que son, con toda evidencia, más irresponsables. Han olvidado por completo las enseñanzas de su fundador, don Manuel Gómez Morín, quien, influido por las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, creía de verdad en la justicia social. Todo el que lea sus escritos tiene que admitir que muchos de sus argumentos e incluso muchas de sus propuestas podrían compartirse. Los panistas de hoy crecen ideológicamente con un odio visceral hacia lo que consideran de izquierda y, como la izquierda quiere siempre hablar a nombre del pueblo, en el fondo odian al pueblo, que para ellos es siempre el pueblo naco.
Cuando llegan al poder, actúan en consecuencia. Ellos están convencidos, como lo estuvieron los priístas derechistas que nos gobernaron durante decenios, que los únicos que pueden desarrollar la economía y construir el nuevo país en el que ellos piensan (tan confuso como todo lo que se alberga en sus mentes) son los que tienen el poder de la riqueza y de lo que ellos consideran es la cultura. Hay que gobernar para ellos cuando se tiene el poder. El pueblo es una noción que muy pocas veces aparece en el ideario panista y, para ellos, es el pueblo que trabaja con éxito empresarial y prospera y logra un buen nivel de vida. Los jodidos que viven de su trabajo, como asalariados o de la tierra, tan sólo con sus manos, o los comerciantes informales, ésos no son el pueblo en el que ellos piensan. Su pueblo es esencialmente clasemediero y tan proyanqui como lo son ellos mismos.
Gobernar para el pueblo y realizar la justicia social no está en el ideario de la derecha. El pueblo de los jodidos es, simplemente, un estorbo que prefieren dejar a las izquierdas para se entretengan con sus discursos demagógicos y vacíos. Si ese pueblo se alebresta queda siempre la fuerza represora del Estado y contra ella no tiene con qué responder. Están convencidos de ello. Para los panistas ultramontanos y yunquistas, la verdadera sociedad es la sociedad bonita a la que ellos piensan que pertenecen. La que nos dio el gran espectáculo en las bodas del panista Jorge Zermeño y del priísta Humberto Moreira, en las que el poder económico y el poder político se dieron la mano en el típico modo de ser de la derecha (panista y priísta).
Las derechas no tienen ideología, tienen intereses y a ellos responden siempre. Las ideas descerebradas con las que gobiernan siempre están referidas a sus intereses. El hacer promesas en las campañas electorales les parece que es sólo un recurso para ganar votos y no se ruborizan cuando, ya llegados al poder, se olvidan tranquilamente de las mismas. Sienten y piensan que los votantes les dieron el poder para que hicieran con él lo que les dé la gana. Saquear un erario público que hoy, a pesar de los pésimos sistemas de recaudación, es más rico que nunca, y dar a manos llenas el dinero de la nación a los empresarios, sus verdaderos héroes o apropiárselo ellos mismos, les parece la cosa más natural del mundo.
No hace muchos años, echábamos la culpa a los tecnócratas dogmáticos y obsesivos por el mal gobierno. Es algo que requiere ser revisado. No era, en el fondo, por ser tecnócratas que cometían tantos y tan flagrantes errores; era porque eran unos derechistas consumados. Sus errores no eran sólo técnicos o instrumentales; eran propósitos abiertamente derechistas y reaccionarios. Todavía no entiendo por qué muchos les llamaban "neo liberales" cuando debieron haberlos llamado por su verdadero nombre: derechistas. Nadie sabe a ciencia cierta lo que es un "neo liberal", pero todos podemos entender lo que es un derechista.
Ciertamente, la derecha, como la izquierda o el centro mismo, cambian continuamente de signo. Yo, de Gómez Morín e incluso del ultramontano González Luna, no veo nada en los actuales panistas. Por sus intereses podemos conocerlos y nos han dado sobradas muestras de lo que son. Es en sus intereses que se diferencian, pero coincidiendo todos. Yo ya no veo mucha diferencia (excepto de siglas) entre la derecha priísta y la derecha panista (y hasta la derecha perredista). Todos buscan lo mismo: congraciarse con los dueños del capital y abrirles todos los caminos para que se enriquezcan sin medida. ¿Qué diferencia hay entre el presidente de México que a un hombre que no tenía más que inversiones sin ser todavía un empresario le entregó la varita mágica del enriquecimiento sin medida que se llamó Telmex y los que luego nos han gobernado haciendo de Televisa y de Tv Azteca un poder decisorio en la política nacional?
En política internacional, los gobiernos panistas han sido un fracaso total. Los priístas, que luego se volvieron derechistas, sabían hacer mucho mejor las cosas. Los panistas no tienen ni idea del mundo en que viven. La peor experiencia con ellos ha sido la tragedia de nuestros compatriotas que se han visto forzados a abandonar el país para buscar un mejor futuro en Estados Unidos. No les importa un bledo. No es su asunto. Es asunto de los jodidos de siempre que no saben hacer negocios ni ganarse la vida. Nos han dicho siempre que quieren un nuevo trato con la potencia receptora. Pero todo lo que hacen favorece el modo en el que las autoridades norteamericanas tratan a nuestros connacionales. Los yanquis saben que los panistas en el gobierno no tienen ningún interés en ello.
Que Felipe Calderón quiere privatizar Pemex, es un hecho. Nuestra compañía petrolera no necesita de inversión privada como lo sugirió varias veces el mismo Cuauhtémoc Cárdenas. Bastaría con que se le tratara como una verdadera compañía y no se le quitara el noventa por ciento de sus colosales ingresos para financiar a políticos y empresarios. Con ello le bastaría para ser una empresa modelo, como Petrobras de Brasil, que no cuenta con los cuantiosos recursos naturales de la nuestra. La inversión privada debería ser estrictamente complementaria y bien controlada. Que no le interesa el negocio, bueno, pues que no entre en él. Y es sólo un ejemplo de lo que la derecha hace en el poder.
Con la derecha en el poder, nuestro país va directo al destazadero y, si los demás no reaccionamos, un día no muy lejano nos encontraremos con que ya no tenemos país o, como dice Carlos Fernández-Vega, es un "México SA", sin otra identidad que la de los buenos negocios para los ricos y los extranjeros.
Las derechas en el poder
Arnaldo Córdova
Si muchos no lo ven es sólo porque no quieren verlo, pero los hechos están a la vista: las derechas en el poder son desastrosas. Su espíritu oligárquico no les permite gobernar más que de un modo: favorecer los intereses de los dueños de la riqueza sacrificando los intereses populares y del conjunto de la nación. Las derechas tampoco saben gobernar sino abusando del poder. Entre más poder tienen, mejor se desempeñan. Las derechas priístas tenían un poder indisputado y daban la impresión de que sabían gobernar, pero nos llevaron durante treinta años de una tragedia a otra sin solución de continuidad. La derecha panista (o, ¿las derechas?) ha resultado todavía más incompetente para gobernar, sobre todo, porque ya no cuenta con ese poder omnímodo de que gozaban las priístas.
Alguien ha dicho recientemente que los panistas son más cínicos en el ejercicio del poder que nuestros antiguos gobernantes priístas. Siendo cierto eso, yo agregaría que son, con toda evidencia, más irresponsables. Han olvidado por completo las enseñanzas de su fundador, don Manuel Gómez Morín, quien, influido por las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, creía de verdad en la justicia social. Todo el que lea sus escritos tiene que admitir que muchos de sus argumentos e incluso muchas de sus propuestas podrían compartirse. Los panistas de hoy crecen ideológicamente con un odio visceral hacia lo que consideran de izquierda y, como la izquierda quiere siempre hablar a nombre del pueblo, en el fondo odian al pueblo, que para ellos es siempre el pueblo naco.
Cuando llegan al poder, actúan en consecuencia. Ellos están convencidos, como lo estuvieron los priístas derechistas que nos gobernaron durante decenios, que los únicos que pueden desarrollar la economía y construir el nuevo país en el que ellos piensan (tan confuso como todo lo que se alberga en sus mentes) son los que tienen el poder de la riqueza y de lo que ellos consideran es la cultura. Hay que gobernar para ellos cuando se tiene el poder. El pueblo es una noción que muy pocas veces aparece en el ideario panista y, para ellos, es el pueblo que trabaja con éxito empresarial y prospera y logra un buen nivel de vida. Los jodidos que viven de su trabajo, como asalariados o de la tierra, tan sólo con sus manos, o los comerciantes informales, ésos no son el pueblo en el que ellos piensan. Su pueblo es esencialmente clasemediero y tan proyanqui como lo son ellos mismos.
Gobernar para el pueblo y realizar la justicia social no está en el ideario de la derecha. El pueblo de los jodidos es, simplemente, un estorbo que prefieren dejar a las izquierdas para se entretengan con sus discursos demagógicos y vacíos. Si ese pueblo se alebresta queda siempre la fuerza represora del Estado y contra ella no tiene con qué responder. Están convencidos de ello. Para los panistas ultramontanos y yunquistas, la verdadera sociedad es la sociedad bonita a la que ellos piensan que pertenecen. La que nos dio el gran espectáculo en las bodas del panista Jorge Zermeño y del priísta Humberto Moreira, en las que el poder económico y el poder político se dieron la mano en el típico modo de ser de la derecha (panista y priísta).
Las derechas no tienen ideología, tienen intereses y a ellos responden siempre. Las ideas descerebradas con las que gobiernan siempre están referidas a sus intereses. El hacer promesas en las campañas electorales les parece que es sólo un recurso para ganar votos y no se ruborizan cuando, ya llegados al poder, se olvidan tranquilamente de las mismas. Sienten y piensan que los votantes les dieron el poder para que hicieran con él lo que les dé la gana. Saquear un erario público que hoy, a pesar de los pésimos sistemas de recaudación, es más rico que nunca, y dar a manos llenas el dinero de la nación a los empresarios, sus verdaderos héroes o apropiárselo ellos mismos, les parece la cosa más natural del mundo.
No hace muchos años, echábamos la culpa a los tecnócratas dogmáticos y obsesivos por el mal gobierno. Es algo que requiere ser revisado. No era, en el fondo, por ser tecnócratas que cometían tantos y tan flagrantes errores; era porque eran unos derechistas consumados. Sus errores no eran sólo técnicos o instrumentales; eran propósitos abiertamente derechistas y reaccionarios. Todavía no entiendo por qué muchos les llamaban "neo liberales" cuando debieron haberlos llamado por su verdadero nombre: derechistas. Nadie sabe a ciencia cierta lo que es un "neo liberal", pero todos podemos entender lo que es un derechista.
Ciertamente, la derecha, como la izquierda o el centro mismo, cambian continuamente de signo. Yo, de Gómez Morín e incluso del ultramontano González Luna, no veo nada en los actuales panistas. Por sus intereses podemos conocerlos y nos han dado sobradas muestras de lo que son. Es en sus intereses que se diferencian, pero coincidiendo todos. Yo ya no veo mucha diferencia (excepto de siglas) entre la derecha priísta y la derecha panista (y hasta la derecha perredista). Todos buscan lo mismo: congraciarse con los dueños del capital y abrirles todos los caminos para que se enriquezcan sin medida. ¿Qué diferencia hay entre el presidente de México que a un hombre que no tenía más que inversiones sin ser todavía un empresario le entregó la varita mágica del enriquecimiento sin medida que se llamó Telmex y los que luego nos han gobernado haciendo de Televisa y de Tv Azteca un poder decisorio en la política nacional?
En política internacional, los gobiernos panistas han sido un fracaso total. Los priístas, que luego se volvieron derechistas, sabían hacer mucho mejor las cosas. Los panistas no tienen ni idea del mundo en que viven. La peor experiencia con ellos ha sido la tragedia de nuestros compatriotas que se han visto forzados a abandonar el país para buscar un mejor futuro en Estados Unidos. No les importa un bledo. No es su asunto. Es asunto de los jodidos de siempre que no saben hacer negocios ni ganarse la vida. Nos han dicho siempre que quieren un nuevo trato con la potencia receptora. Pero todo lo que hacen favorece el modo en el que las autoridades norteamericanas tratan a nuestros connacionales. Los yanquis saben que los panistas en el gobierno no tienen ningún interés en ello.
Que Felipe Calderón quiere privatizar Pemex, es un hecho. Nuestra compañía petrolera no necesita de inversión privada como lo sugirió varias veces el mismo Cuauhtémoc Cárdenas. Bastaría con que se le tratara como una verdadera compañía y no se le quitara el noventa por ciento de sus colosales ingresos para financiar a políticos y empresarios. Con ello le bastaría para ser una empresa modelo, como Petrobras de Brasil, que no cuenta con los cuantiosos recursos naturales de la nuestra. La inversión privada debería ser estrictamente complementaria y bien controlada. Que no le interesa el negocio, bueno, pues que no entre en él. Y es sólo un ejemplo de lo que la derecha hace en el poder.
Con la derecha en el poder, nuestro país va directo al destazadero y, si los demás no reaccionamos, un día no muy lejano nos encontraremos con que ya no tenemos país o, como dice Carlos Fernández-Vega, es un "México SA", sin otra identidad que la de los buenos negocios para los ricos y los extranjeros.
sábado, 5 de enero de 2008
¡ V O R A C E S !
El Universal. Sábado 05 de enero de 2008
Minisalarios y meritocracia
José Luis Piñeyro
El pasado aumento de 4% al salario mínimo igual a 2 pesos y centavos no sólo es un insulto repetido durante los últimos 25 años sino también otro reflejo de la desigualdad estructural en México. Aumento que se pretende justificar por partida doble: es un porcentaje igual a la inflación anual y no representa más que un indicador general pues muy pocas personas ganan un salario mínimo, alegan los empresarios. Pero el precio de los bienes de la canasta básica tuvo un aumento del 30%, esto antes del esperado gasolinazo inflacionario del 2008, además, son mentiras que pocas personas ganan un minisalario, son 5 millones 278 mil y 8 millones 670 mil quienes reciben dos ingresos, según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, es decir, casi 18 millones de mexicanos.
A las mentiras empresariales se agregan las de analistas económicos que justifican que los elavadísmos ingresos y compensaciones de la alta burocracia obedecen a su alta calificación técnica y el grado de responsabilidad en la toma de decisiones para el futuro nacional, además se afirma que es lo que deben percibir respecto a lo que sus pares ganan en el mercado internacional. O sea, estos especialistas representan una oferta de trabajo reducida mientras que, por ejemplo, los jardineros o plomeros conforman una amplia oferta laboral poco calificada, por esto deben ganar mucho menos y por no tener responsabilidades de Estado. Afirman que, para reducir el enorme diferencial salarial entre “los que saben y los que no saben”, se requiere de una amplia inversión educativa en capital humano que permita generar más riqueza para así mejorar el nivel de vida general.
Como con los empresarios, este razonamiento abstracto resulta convincente, pero no considera rasgos del mercado mexicano que lo hacen mundialmente famoso: la inmoral hiperconcentración del ingreso y de la riqueza y la espantosa pobreza y desempleo donde sobreviven más de la mitad de la nación. Suponer que solamente con capital humano de alta calificación y aumento de la productividad se van a reducir las diferencias salariales y desconcentrar el ingreso es perversidad pura o increíble ingenuidad. Tan no es así que los migrantes indocumentados a EU tienen un creciente componente universitario: 225 mil técnicos y profesionistas anuales informa el Consejo Nacional de Población, más la fuga de casi 500 mil profesionales y posgraduados reconocidos por la Secretaría de Relaciones Exteriores.
En realidad, los tecnócratas antes priístas y hoy panistas en el poder del Estado desde hace 25 años, han salido muy caros a la nación, basta ver el desastre humano, económico y cultural recurrente señalado por investigadores mexicanos y organismos financieros internacionales y de Naciones Unidas. La sistemática descapitalización de trabajadores calificados y no vía la migración masiva a EU es uno de los efectos de la política económica neoliberal reproducida por dichos tecnócratas y legitimada por un ejército de intelectuales.
En los años 80 del siglo pasado, ciertos académicos con descarnada o cínica actitud reconocían que México y América Latina eran sociedades de los dos tercios, esto es, el otro tercio sobraba para cualquier plan de desarrollo económico debido a su atraso educativo y técnico, había que aplicarle planes de combate a la pobreza para mantenerlo en sobreviviencia de donde nunca saldría y sobre todo para mantenerlo bajo control político; el otro tercio era susceptible de mejorar su atraso relativo mediante capacitación laboral y educativa.
Hoy, a principios del siglo XXI, la “solución” de los nuevos intelectuales y del Banco Mundial es elevar el nivel educativo del capital humano. Chiste de mal gusto pues hoy en ciertas sociedades de Latinoamérica como la de México, habría que hablar de la sociedad de las dos mitades, una excluida de los beneficios del salvaje capitalismo neoliberal y otra que también se reduce con la paulatina desaparición de los sectores medios y la consolidación de élites económicas, políticas e intelectuales. El inicio del 2008 lo marcará la elección de los consejeros electorales y la inflación, para tales puestos no se requiere especialistas como no lo fueron Luis Carlos Ugalde y todos los consejeros salientes, cualquier profesor universitario o ciudadano promedio debería ocuparlos con base en sus méritos pero con salarios menos insultantes para la mayoría ciudadana. La bolsa de 10 millones de pesos que se llevó Ugalde en prestaciones y sueldo más los salarios y prebendas de que gozan los diputados (EL UNIVERSAL 21/XII/07) son ejemplo de la supuesta meritocracia que hay que controlar como futuro ejercicio democrático directo.
Minisalarios y meritocracia
José Luis Piñeyro
El pasado aumento de 4% al salario mínimo igual a 2 pesos y centavos no sólo es un insulto repetido durante los últimos 25 años sino también otro reflejo de la desigualdad estructural en México. Aumento que se pretende justificar por partida doble: es un porcentaje igual a la inflación anual y no representa más que un indicador general pues muy pocas personas ganan un salario mínimo, alegan los empresarios. Pero el precio de los bienes de la canasta básica tuvo un aumento del 30%, esto antes del esperado gasolinazo inflacionario del 2008, además, son mentiras que pocas personas ganan un minisalario, son 5 millones 278 mil y 8 millones 670 mil quienes reciben dos ingresos, según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, es decir, casi 18 millones de mexicanos.
A las mentiras empresariales se agregan las de analistas económicos que justifican que los elavadísmos ingresos y compensaciones de la alta burocracia obedecen a su alta calificación técnica y el grado de responsabilidad en la toma de decisiones para el futuro nacional, además se afirma que es lo que deben percibir respecto a lo que sus pares ganan en el mercado internacional. O sea, estos especialistas representan una oferta de trabajo reducida mientras que, por ejemplo, los jardineros o plomeros conforman una amplia oferta laboral poco calificada, por esto deben ganar mucho menos y por no tener responsabilidades de Estado. Afirman que, para reducir el enorme diferencial salarial entre “los que saben y los que no saben”, se requiere de una amplia inversión educativa en capital humano que permita generar más riqueza para así mejorar el nivel de vida general.
Como con los empresarios, este razonamiento abstracto resulta convincente, pero no considera rasgos del mercado mexicano que lo hacen mundialmente famoso: la inmoral hiperconcentración del ingreso y de la riqueza y la espantosa pobreza y desempleo donde sobreviven más de la mitad de la nación. Suponer que solamente con capital humano de alta calificación y aumento de la productividad se van a reducir las diferencias salariales y desconcentrar el ingreso es perversidad pura o increíble ingenuidad. Tan no es así que los migrantes indocumentados a EU tienen un creciente componente universitario: 225 mil técnicos y profesionistas anuales informa el Consejo Nacional de Población, más la fuga de casi 500 mil profesionales y posgraduados reconocidos por la Secretaría de Relaciones Exteriores.
En realidad, los tecnócratas antes priístas y hoy panistas en el poder del Estado desde hace 25 años, han salido muy caros a la nación, basta ver el desastre humano, económico y cultural recurrente señalado por investigadores mexicanos y organismos financieros internacionales y de Naciones Unidas. La sistemática descapitalización de trabajadores calificados y no vía la migración masiva a EU es uno de los efectos de la política económica neoliberal reproducida por dichos tecnócratas y legitimada por un ejército de intelectuales.
En los años 80 del siglo pasado, ciertos académicos con descarnada o cínica actitud reconocían que México y América Latina eran sociedades de los dos tercios, esto es, el otro tercio sobraba para cualquier plan de desarrollo económico debido a su atraso educativo y técnico, había que aplicarle planes de combate a la pobreza para mantenerlo en sobreviviencia de donde nunca saldría y sobre todo para mantenerlo bajo control político; el otro tercio era susceptible de mejorar su atraso relativo mediante capacitación laboral y educativa.
Hoy, a principios del siglo XXI, la “solución” de los nuevos intelectuales y del Banco Mundial es elevar el nivel educativo del capital humano. Chiste de mal gusto pues hoy en ciertas sociedades de Latinoamérica como la de México, habría que hablar de la sociedad de las dos mitades, una excluida de los beneficios del salvaje capitalismo neoliberal y otra que también se reduce con la paulatina desaparición de los sectores medios y la consolidación de élites económicas, políticas e intelectuales. El inicio del 2008 lo marcará la elección de los consejeros electorales y la inflación, para tales puestos no se requiere especialistas como no lo fueron Luis Carlos Ugalde y todos los consejeros salientes, cualquier profesor universitario o ciudadano promedio debería ocuparlos con base en sus méritos pero con salarios menos insultantes para la mayoría ciudadana. La bolsa de 10 millones de pesos que se llevó Ugalde en prestaciones y sueldo más los salarios y prebendas de que gozan los diputados (EL UNIVERSAL 21/XII/07) son ejemplo de la supuesta meritocracia que hay que controlar como futuro ejercicio democrático directo.
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