
lunes, 15 de octubre de 2007
martes, 9 de octubre de 2007
SOBRE LOS FARISEOS
www.proceso.com.mx
PAN: “El bien hipócrita”
Alvaro Delgado
México, D.F., 8 de octubre (apro).- La metamorfosis que experimenta el Partido Acción Nacional (PAN) no es nueva, pero se ha acelerado a niveles ya alarmantes. Y no se trata, como con simpleza suele decirse, de que se parece cada vez más al PRI, porque significa una involución de mayor calado.
Ejemplos de este proceso de corrupción --que no es sólo llevarse recursos de la sociedad a cuentas personales ni traficar con influencias-- hay muchos, entre ellos los que tienen que ver con la ineptitud y la demagogia, pero uno de los peores es la traición a principios y valores fundacionales.
Con ningún otro partido político, el PAN se ha degradado a tal punto en sus añejas proclamas de ser “místicos del voto”, como los llamó Adolfo Ruiz Cortines, pero sobre todo de mantener su independencia frente al poder, como partido, se entiende, ya no tienen mayor vigencia.
La candidatura de Germán Martínez Cázares a la presidencia del PAN, a orden de Felipe Calderón, es la más reciente muestra de la deposición de su independencia como partido político, convertido en subordinado y apéndice del poder presidencial, con toda su ilegitimidad intrínseca.
En la instalación y primera sesión del Consejo Nacional, que sesionó sábado y domingo, otro personaje allegado a Calderón, César Nava, ni más ni menos que su secretario particular, estaba al frente de las escuadras de esta facción, en ausencia de Martínez Cázares, que no tiene carácter de consejero.
Cuando un consejero, Fernando Canales Clariond, quiso saber a título de qué Nava supervisó la integración de las cinco comisiones que serían votadas por el pleno del Consejo Nacional, otro consejero mostró una abyección que era regla en los años del presidencialismo metaconstitucional priista.
Ese consejero era Juan de Dios Castro, inscrito en la nómina de la alta burocracia desde el gobierno de Vicente Fox, quien, con una argucia, liquidó el legítimo interés por la operación de Nava, quien nunca hizo públicas sus pretensiones de ser aspirante a presidente del PAN, pero que dócilmente acató la instrucción de Calderón de que en otra vez quizá sea el ungido.
Los panistas, sobre todo los que están en la nómina, saben que ya se materializó, y está en vías de fortalecimiento, el Gran Elector, pero pocos levantan la voz para advertir el tamaño de la involución, que no concierne sólo al PAN y a sus militantes, sino que tiene una directa repercusión en la vida cotidiana de los ciudadanos mexicanos.
Calderón no sólo impone a un subordinado en la presidencia del PAN. Ese es apenas el principio. Siguen candidaturas de diputados federales, locales, a gobernadores y a alcaldes de los más insignificantes municipios, algo que –de hecho-- ya ha estado haciendo en Michoacán, donde el PAN se ha aliado no sólo a Elba Esther Gordillo, sino al PRI.
Sí, para los panistas y no panistas que no lo saben, el PAN lleva candidatos comunes con el PRI en 11 municipios de Michoacán, con la plena complacencia de Calderón, quien impuso al candidato a gobernador, Salvador López Orduña, tal como lo saben los numerosos dirigentes que tuvieron en algún momento la esperanza de que Benigno Quesada, el otro contendiente, tendría la gallardía de no acatar la instrucción del Gran Elector.
Hasta en eso ha ido para atrás el PAN: se ufanaba de que el PRD era receptáculo de expriistas y ahora es beneficiario de esa hemorragia en todo el país.
Pero Calderón no sólo podrá imponer a quien le venga en gana para ser candidato o para engrosar la nómina de la alta burocracia, sino para imponer vetos a quienes él considera que se han atrevido a desafiarlo. Adiós al derecho a disentir, sobre todo en un partido que proclamó en buena parte de sus 68 años de vida la pluralidad y aun la disidencia.
Los panistas podrán decir lo que le dictan a los que les queman incienso desde los medios: que los tiempos han cambiado y que el jefe de gobierno debe ser, al mismo tiempo, jefe de su partido, así como en las democracias consolidadas, como si México disfrutara de tal condición.
Los locutores y opinócratas de toda condición pueden decir lo que quieran, pero lo panistas --sobre todo los que se dicen herederos de la tradición doctrinaria, como Calderón y Martínez Cázares-- no pueden cambiar el discurso y aun lo que establecen sus documentos, a menos que les prendan fuego y generen unos nuevos en los que asuman, con toda claridad, que en 68 años vivieron equivocados y que el PRI siempre tuvo la razón.
El PRI, lo sabemos, era identificado por los panistas como el “mal”, como ahora lo es “ese loco” de Andrés Manuel López Obrador, y ellos se decían los “buenos”, pero es preciso que lean --cosa que dudo-- a su fundador, Manuel Gómez Morín, en el ensayo “1915”, que en realidad se editó en 1926.
En él, Gómez Morín hablaba de los “bienes hipócritas”, los que provocan el malestar de los pueblos y su derrumbe moral, porque de ellos se espera beneficios, pero en vez de ello se provoca daño.
Así es el PAN: Un “bien hipócrita”.
Apuntes
El asunto es muy claro: la mesa del Consejo Nacional del PAN en la que se discutió la presencia de “organizaciones secretas”, que fue coordinada por Beatriz Zavala Peniche, la muy menor secretaria de Desarrollo Social (Sedesol), fue un montaje. Oficialmente nada se ha dicho de sus conclusiones, salvo por el trabajo informativo de los medios. Y estaba clara la simulación, porque en León, Guanajuato, después de la Asamblea Nacional, el 2 de junio, el PAN municipal emitió una convocatoria para retar a los panistas que saben de esa organización secreta de ultraderecha a denunciar a quienes militan en ella. Obviamente nadie se presentó para acusar a alguno de los juramentados, porque obviamente --por su propia naturaleza-- éstos no se filman ni fotografían; tampoco ostentan credenciales ni usan cachucha para acreditar su militancia. El tema de dio por cancelado en León y eso mismo se pretende ahora a nivel nacional. Fue una simulación, otra. Hasta el secretario de Gobierno de Querétaro, Alfredo Botello Montes, cuyo seudónimo en la organización secreta es Paul Queres, propone que El Yunque “debe estar en el bote de la basura”. El problema es que no es así. El Yunque está más que vigente: Germán Martínez, como Calderón, pactaron ya con esa organización. Y la razón es sencilla: El Yunque es como la materia: No desaparece ni se destruye, sólo se transforma…
delgado@proceso.com.mx
PAN: “El bien hipócrita”
Alvaro Delgado
México, D.F., 8 de octubre (apro).- La metamorfosis que experimenta el Partido Acción Nacional (PAN) no es nueva, pero se ha acelerado a niveles ya alarmantes. Y no se trata, como con simpleza suele decirse, de que se parece cada vez más al PRI, porque significa una involución de mayor calado.
Ejemplos de este proceso de corrupción --que no es sólo llevarse recursos de la sociedad a cuentas personales ni traficar con influencias-- hay muchos, entre ellos los que tienen que ver con la ineptitud y la demagogia, pero uno de los peores es la traición a principios y valores fundacionales.
Con ningún otro partido político, el PAN se ha degradado a tal punto en sus añejas proclamas de ser “místicos del voto”, como los llamó Adolfo Ruiz Cortines, pero sobre todo de mantener su independencia frente al poder, como partido, se entiende, ya no tienen mayor vigencia.
La candidatura de Germán Martínez Cázares a la presidencia del PAN, a orden de Felipe Calderón, es la más reciente muestra de la deposición de su independencia como partido político, convertido en subordinado y apéndice del poder presidencial, con toda su ilegitimidad intrínseca.
En la instalación y primera sesión del Consejo Nacional, que sesionó sábado y domingo, otro personaje allegado a Calderón, César Nava, ni más ni menos que su secretario particular, estaba al frente de las escuadras de esta facción, en ausencia de Martínez Cázares, que no tiene carácter de consejero.
Cuando un consejero, Fernando Canales Clariond, quiso saber a título de qué Nava supervisó la integración de las cinco comisiones que serían votadas por el pleno del Consejo Nacional, otro consejero mostró una abyección que era regla en los años del presidencialismo metaconstitucional priista.
Ese consejero era Juan de Dios Castro, inscrito en la nómina de la alta burocracia desde el gobierno de Vicente Fox, quien, con una argucia, liquidó el legítimo interés por la operación de Nava, quien nunca hizo públicas sus pretensiones de ser aspirante a presidente del PAN, pero que dócilmente acató la instrucción de Calderón de que en otra vez quizá sea el ungido.
Los panistas, sobre todo los que están en la nómina, saben que ya se materializó, y está en vías de fortalecimiento, el Gran Elector, pero pocos levantan la voz para advertir el tamaño de la involución, que no concierne sólo al PAN y a sus militantes, sino que tiene una directa repercusión en la vida cotidiana de los ciudadanos mexicanos.
Calderón no sólo impone a un subordinado en la presidencia del PAN. Ese es apenas el principio. Siguen candidaturas de diputados federales, locales, a gobernadores y a alcaldes de los más insignificantes municipios, algo que –de hecho-- ya ha estado haciendo en Michoacán, donde el PAN se ha aliado no sólo a Elba Esther Gordillo, sino al PRI.
Sí, para los panistas y no panistas que no lo saben, el PAN lleva candidatos comunes con el PRI en 11 municipios de Michoacán, con la plena complacencia de Calderón, quien impuso al candidato a gobernador, Salvador López Orduña, tal como lo saben los numerosos dirigentes que tuvieron en algún momento la esperanza de que Benigno Quesada, el otro contendiente, tendría la gallardía de no acatar la instrucción del Gran Elector.
Hasta en eso ha ido para atrás el PAN: se ufanaba de que el PRD era receptáculo de expriistas y ahora es beneficiario de esa hemorragia en todo el país.
Pero Calderón no sólo podrá imponer a quien le venga en gana para ser candidato o para engrosar la nómina de la alta burocracia, sino para imponer vetos a quienes él considera que se han atrevido a desafiarlo. Adiós al derecho a disentir, sobre todo en un partido que proclamó en buena parte de sus 68 años de vida la pluralidad y aun la disidencia.
Los panistas podrán decir lo que le dictan a los que les queman incienso desde los medios: que los tiempos han cambiado y que el jefe de gobierno debe ser, al mismo tiempo, jefe de su partido, así como en las democracias consolidadas, como si México disfrutara de tal condición.
Los locutores y opinócratas de toda condición pueden decir lo que quieran, pero lo panistas --sobre todo los que se dicen herederos de la tradición doctrinaria, como Calderón y Martínez Cázares-- no pueden cambiar el discurso y aun lo que establecen sus documentos, a menos que les prendan fuego y generen unos nuevos en los que asuman, con toda claridad, que en 68 años vivieron equivocados y que el PRI siempre tuvo la razón.
El PRI, lo sabemos, era identificado por los panistas como el “mal”, como ahora lo es “ese loco” de Andrés Manuel López Obrador, y ellos se decían los “buenos”, pero es preciso que lean --cosa que dudo-- a su fundador, Manuel Gómez Morín, en el ensayo “1915”, que en realidad se editó en 1926.
En él, Gómez Morín hablaba de los “bienes hipócritas”, los que provocan el malestar de los pueblos y su derrumbe moral, porque de ellos se espera beneficios, pero en vez de ello se provoca daño.
Así es el PAN: Un “bien hipócrita”.
Apuntes
El asunto es muy claro: la mesa del Consejo Nacional del PAN en la que se discutió la presencia de “organizaciones secretas”, que fue coordinada por Beatriz Zavala Peniche, la muy menor secretaria de Desarrollo Social (Sedesol), fue un montaje. Oficialmente nada se ha dicho de sus conclusiones, salvo por el trabajo informativo de los medios. Y estaba clara la simulación, porque en León, Guanajuato, después de la Asamblea Nacional, el 2 de junio, el PAN municipal emitió una convocatoria para retar a los panistas que saben de esa organización secreta de ultraderecha a denunciar a quienes militan en ella. Obviamente nadie se presentó para acusar a alguno de los juramentados, porque obviamente --por su propia naturaleza-- éstos no se filman ni fotografían; tampoco ostentan credenciales ni usan cachucha para acreditar su militancia. El tema de dio por cancelado en León y eso mismo se pretende ahora a nivel nacional. Fue una simulación, otra. Hasta el secretario de Gobierno de Querétaro, Alfredo Botello Montes, cuyo seudónimo en la organización secreta es Paul Queres, propone que El Yunque “debe estar en el bote de la basura”. El problema es que no es así. El Yunque está más que vigente: Germán Martínez, como Calderón, pactaron ya con esa organización. Y la razón es sencilla: El Yunque es como la materia: No desaparece ni se destruye, sólo se transforma…
delgado@proceso.com.mx
lunes, 8 de octubre de 2007
sábado, 6 de octubre de 2007
C O N T U N D E N T E
Proceso, domingo 31 de septiembre de 2007. No. 1613
El desastre panista
Rafael Segovia
El PAN ha quedado contra la pared sin que nadie lo empujara. Sin que nadie lo ayudara, su imagen se ha deteriorado. Le bastó quedarse solo para verse enzarzado en unos problemas que le impiden figurar en el espacio nacional. Es una vez más un partido sin base, una sombra de lo que fue.
De vez en cuando, en la página siete de algún periódico, uno de sus funcionarios declara que los panistas apoyan a Vicente Fox, al que no se atreve a llamar expresidente ni mucho menos presidente, como aún se autodenomina el de Guanajuato. Es un apoyo distante, frío, ajeno a la situación en que se debaten Fox y la Señora Marta. La obligación de defenderlos es, para el panismo, una carga insoportable. Y, ahora sí, el otro presidente guarda un silencio hermético ante la destrucción de la imagen del PAN.
En mi memoria de lector, no recuerdo las formas que hoy se emplean para acusar a un expresidente. Por temor a una demanda legal, los señalamientos son mesurados en cuanto a los términos empleados y, más que mesurados, son descafeinados. Con la excepción de Lino Korrodi, a los demás les ha bastado con reconocer que Fox y su cónyuge se encuentran sumidos en el descrédito social. Y quienes han intentado defender al exmandatario, se han hundido con él. No ha habido un argumento convincente.
Los señalamientos se refieren a su fortuna inexplicable, a las dimensiones de su rancho, al costo de las construcciones, al lago y a una biblioteca vacía que se pretende llenar con los regalos de editores mexicanos. Las fotografías aéreas dan idea de la extensión del hogar de los Fox y de su costo. Por desgracia, no pueden apreciarse las construcciones propiamente dichas, si hay elegancia o si sólo se trata de una vulgaridad cara, lo que puede conjeturarse sin dificultad.
La nueva derecha mexicana es bastante patanesca. De creación reciente, es cualquier cosa menos refinada, deseosa de encontrar un gusto, un estilo capaz de definirla, de probar que aporta algo nuevo. Es una derecha obligada a esconder su dinero: el ejemplo de lo ocurrido a Fox puede ser más que suficiente. Ahora los panistas de altos vuelos prefieren un departamento en Nueva York o en Madrid incluso, donde no se hacen preguntas impertinentes y pueden encontrar un embajador a su gusto.
Definir a esta derecha como neoporfirista es errar el blanco. El porfirismo pudo apoyarse –y lo hizo con facilidad– en el positivismo y en unas modas francesas desbocadas que al menos eran una definición de ciertas ambiciones sociales, una reinvención de su historia. Hoy se buscan –pero no es esta derecha quien lo hace– valores seguros de aquella época anulada y borrada por la Revolución. Tuvo pintores, escritores, periódicos y revistas, un resurgimiento tardío de la educación superior e impulso restringido de la primaria –quienes pasaron por ella no tenían faltas de ortografía ni de sintaxis. Hubo hombres con conciencia. Así, la mayoría defendieron a capa y espada un régimen intolerable. Lo que hoy no encontramos por ningún lado.
La reacción contra la ley electoral ha sido la adopción de una manifestación de clase. Es patente el temor a perder los privilegios de un sector minúsculo del cuerpo social. El poder televisivo se encuentra en las capas superiores de este cuerpo social, no porque la pantalla tenga una influencia sobre ellos –lo noticioso y la escasa presencia de la política les tienen sin cuidado. Se interesan en los contenidos televisivos en la medida en que éstos dominan a las capas más desfavorecidas, además de que la TV es el medio más útil para imponer el consumo en que se funda su situación económica. ¿La fortuna de Fox no procede, según él, de la Coca-Cola?
Se comprende también la angustia televisiva. Un instrumento de tal calibre, ajeno a cualquier control, es capaz de enfrentarse incluso con las organizaciones empresariales y sociales más poderosas. Éstas pueden intentar un boicot, que no duraría mucho tiempo, pues la industria y el comercio modernos no pueden vivir sin publicidad. La televisión, por su parte, puede ser barrida por el Estado con la ley en la mano: las instalaciones pertenecerán al señor Azcárraga, pero el espacio situado encima de la nación puede ser reglamentado por el gobierno sin pedirle su parecer a los dueños de Televisa o del canal Azteca. Puede, si bien le parece, autorizar a cuantos ciudadanos quieran crear sus cadenas de emisión: el poder del Estado, pese a lo que digan algunas páginas debidamente subvencionadas, sigue existiendo, y si es la razón de ser de toda la nación, aún lo es más de unos cuantos hombres y mujeres que acumulan las mayores cantidades de dinero en el país.
Mientras tanto, el presidente Calderón se sitúa en un punto inexistente. El caso es que, dada la ausencia de definiciones precisas del presidente –su discurso ante los trescientos fue un galimatías–, no se sabe cuál es su intención en lo que hace a su gobierno, qué línea va a imponer o a seguir. Todo parece abandonado al azar: sus decisiones –cuando existen– y temores, sus deseos y abandonos. Nos podemos preguntar si va a seguir con sus reformas o si va a emprender cambios escondidos en el silencio. Nadie sabe, empezando por su partido, si la gasolina va a subir de precio, lo que puede acentuar y ampliar las derrotas del PAN; si la distribución de gas fue afectada por los atentados del EPR; si se van a discutir otras reformas. No se sabe nada. Y es posible que así sea mejor, pues aunque hace unos días, por ejemplo, se anunció que por lo pronto no subiría el precio de los energéticos, la inflación no ha dejado de subir.
El desastre panista
Rafael Segovia
El PAN ha quedado contra la pared sin que nadie lo empujara. Sin que nadie lo ayudara, su imagen se ha deteriorado. Le bastó quedarse solo para verse enzarzado en unos problemas que le impiden figurar en el espacio nacional. Es una vez más un partido sin base, una sombra de lo que fue.
De vez en cuando, en la página siete de algún periódico, uno de sus funcionarios declara que los panistas apoyan a Vicente Fox, al que no se atreve a llamar expresidente ni mucho menos presidente, como aún se autodenomina el de Guanajuato. Es un apoyo distante, frío, ajeno a la situación en que se debaten Fox y la Señora Marta. La obligación de defenderlos es, para el panismo, una carga insoportable. Y, ahora sí, el otro presidente guarda un silencio hermético ante la destrucción de la imagen del PAN.
En mi memoria de lector, no recuerdo las formas que hoy se emplean para acusar a un expresidente. Por temor a una demanda legal, los señalamientos son mesurados en cuanto a los términos empleados y, más que mesurados, son descafeinados. Con la excepción de Lino Korrodi, a los demás les ha bastado con reconocer que Fox y su cónyuge se encuentran sumidos en el descrédito social. Y quienes han intentado defender al exmandatario, se han hundido con él. No ha habido un argumento convincente.
Los señalamientos se refieren a su fortuna inexplicable, a las dimensiones de su rancho, al costo de las construcciones, al lago y a una biblioteca vacía que se pretende llenar con los regalos de editores mexicanos. Las fotografías aéreas dan idea de la extensión del hogar de los Fox y de su costo. Por desgracia, no pueden apreciarse las construcciones propiamente dichas, si hay elegancia o si sólo se trata de una vulgaridad cara, lo que puede conjeturarse sin dificultad.
La nueva derecha mexicana es bastante patanesca. De creación reciente, es cualquier cosa menos refinada, deseosa de encontrar un gusto, un estilo capaz de definirla, de probar que aporta algo nuevo. Es una derecha obligada a esconder su dinero: el ejemplo de lo ocurrido a Fox puede ser más que suficiente. Ahora los panistas de altos vuelos prefieren un departamento en Nueva York o en Madrid incluso, donde no se hacen preguntas impertinentes y pueden encontrar un embajador a su gusto.
Definir a esta derecha como neoporfirista es errar el blanco. El porfirismo pudo apoyarse –y lo hizo con facilidad– en el positivismo y en unas modas francesas desbocadas que al menos eran una definición de ciertas ambiciones sociales, una reinvención de su historia. Hoy se buscan –pero no es esta derecha quien lo hace– valores seguros de aquella época anulada y borrada por la Revolución. Tuvo pintores, escritores, periódicos y revistas, un resurgimiento tardío de la educación superior e impulso restringido de la primaria –quienes pasaron por ella no tenían faltas de ortografía ni de sintaxis. Hubo hombres con conciencia. Así, la mayoría defendieron a capa y espada un régimen intolerable. Lo que hoy no encontramos por ningún lado.
La reacción contra la ley electoral ha sido la adopción de una manifestación de clase. Es patente el temor a perder los privilegios de un sector minúsculo del cuerpo social. El poder televisivo se encuentra en las capas superiores de este cuerpo social, no porque la pantalla tenga una influencia sobre ellos –lo noticioso y la escasa presencia de la política les tienen sin cuidado. Se interesan en los contenidos televisivos en la medida en que éstos dominan a las capas más desfavorecidas, además de que la TV es el medio más útil para imponer el consumo en que se funda su situación económica. ¿La fortuna de Fox no procede, según él, de la Coca-Cola?
Se comprende también la angustia televisiva. Un instrumento de tal calibre, ajeno a cualquier control, es capaz de enfrentarse incluso con las organizaciones empresariales y sociales más poderosas. Éstas pueden intentar un boicot, que no duraría mucho tiempo, pues la industria y el comercio modernos no pueden vivir sin publicidad. La televisión, por su parte, puede ser barrida por el Estado con la ley en la mano: las instalaciones pertenecerán al señor Azcárraga, pero el espacio situado encima de la nación puede ser reglamentado por el gobierno sin pedirle su parecer a los dueños de Televisa o del canal Azteca. Puede, si bien le parece, autorizar a cuantos ciudadanos quieran crear sus cadenas de emisión: el poder del Estado, pese a lo que digan algunas páginas debidamente subvencionadas, sigue existiendo, y si es la razón de ser de toda la nación, aún lo es más de unos cuantos hombres y mujeres que acumulan las mayores cantidades de dinero en el país.
Mientras tanto, el presidente Calderón se sitúa en un punto inexistente. El caso es que, dada la ausencia de definiciones precisas del presidente –su discurso ante los trescientos fue un galimatías–, no se sabe cuál es su intención en lo que hace a su gobierno, qué línea va a imponer o a seguir. Todo parece abandonado al azar: sus decisiones –cuando existen– y temores, sus deseos y abandonos. Nos podemos preguntar si va a seguir con sus reformas o si va a emprender cambios escondidos en el silencio. Nadie sabe, empezando por su partido, si la gasolina va a subir de precio, lo que puede acentuar y ampliar las derrotas del PAN; si la distribución de gas fue afectada por los atentados del EPR; si se van a discutir otras reformas. No se sabe nada. Y es posible que así sea mejor, pues aunque hace unos días, por ejemplo, se anunció que por lo pronto no subiría el precio de los energéticos, la inflación no ha dejado de subir.
jueves, 4 de octubre de 2007
EL MAESTRO PONE EN SU LUGAR A LOS PAYASITOS COLOMBIANOS
Excélsior, jueves 04 de octubre de 2007
Y ahora, injerencia colombiana
Humberto Musacchio
Las autoridades colombianas han hecho un modus vivendi del presunto combate al narcotráfico y a la guerrilla, pues con ese pretexto reciben “ayuda” económica y militar de Estados Unidos
Para el señor Luis Eduardo Garzón, alcalde de Bogotá, en la capital mexicana “no ha mejorado la percepción de seguridad, elemento fundamental para atraer inversión extranjera y proporcionar tranquilidad”, por lo que recomienda evitar las políticas asistencialistas, pues los gobernantes no son “la madre Teresa de Calcuta ni se trata de repartir leche o pan”. De ahí que, en lugar de repartir vales de despensa, aconseje crear “huertas caseras o una red alimentaria” (Excélsior, 3/X/07).
Las recomendaciones de Garzón, como esa de crear huertas caseras en una urbe como la nuestra, darían risa de no tener un trasfondo injerencista y mentiroso. El señor alcalde, en lugar de repartir consejos, bien podría empezar por su casa, pues si bien es cierto que en el centro de Bogotá hay una relativa seguridad, sobre todo por las parejas de guardias con ametralladoras situadas cada media cuadra, lo cierto es que las barriadas pobres viven bajo el terror de las mafias y las zonas ricas deben contar con alarmas, guardias privados y otros recursos, para darse la protección que el gobierno es incapaz de proporcionar.
Contra lo que él cree, el señor Garzón sí se parece a Teresa de Calcuta, en cuyos hospitales no se administraban analgésicos a los enfermos, en la idea de que debían sufrir para ganar el cielo. Es lo mismo que negarse a aplicar políticas asistenciales en países donde las mayorías sociales deben soportar su miseria para ganar el favor del Altísimo.
Otra muestra de esa actitud metiche la dio un tal Mario Iguarán Arana, fiscal general de aquel sufrido país sudamericano, quien habló de “agentes encubiertos” colombianos “que se infiltran y operan en México” y aun se dan el lujo de venir con los cargamentos de cocaína que llegan de Colombia, de todo lo cual “el gobierno del presidente Felipe Calderón está enterado y avala las prácticas de inteligencia colombiana” (La Jornada, 2/X/07).
Para no ser menos, Francisco Santos Calderón, vicepresidente de Colombia —sí, vicepresidente de esa República—, confirmó lo dicho por el fiscal (equivalente al titular de la PGR de aquí) y, de su cosecha, sin aportar prueba alguna, declaró que había nexos entre los narcotraficantes mexicanos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC, las cuales, dijo, “controlan buena parte de la producción de cocaína en territorio colombiano” y se disputan el control del mercado de la droga, en aquel país, con el llamado cártel del Valle.
Las tonterías del señor Santos Calderón no pararon ahí. En otro momento declaró que “el aparato” de las FARC “está muy metido en un centro de estudios, en muchas organizaciones, no sé cómo llamarlas, de investigación, cosas que tienen un nombre muy rimbombante, pero donde se discute la realidad latinoamericana, se apoya la lucha armada, la lucha de clases”.
De modo que, según Santos Calderón, es un delito trabajar en un centro de investigación donde se estudia la realidad latinoamericana. De ahí, brillante como es, el señor vicepresidente deduce que en lugares como ese centro se apoya la lucha armada, tal vez mediante el lanzamiento de libros a la cabeza de seres tan ignorantes como él, quienes creen que la lucha de clases es una especie de estufa a la que basta con echarle combustible.
Las acusaciones de tan encumbrados funcionarios colombianos son gravísimas y obligan al gobierno mexicano a exigir pruebas, lo que no hará porque los funcionarios de la administración panista compiten en ignorancia e ineptitud con sus homólogos colombianos, con los que, para colmo, ya expresaron coincidencia en sus indemostrables hipótesis.
No debería sorprender la desfachatez de esos indignos representantes de un pueblo por muchas razones entrañable para los mexicanos. Las autoridades colombianas han hecho un modus vivendi del presunto combate al narcotráfico y a la guerrilla, pues con ese pretexto reciben “ayuda” económica y militar de Estados Unidos, la que alimenta frecuentes escándalos de corrupción.
Los citados funcionarios carecen de autoridad moral o política para andar repartiendo consejos. Más de la mitad del territorio colombiano vive al margen del Estado. En algunas regiones manda el narcotráfico, en otras el bandolerismo paramilitar creado y pagado por los gobiernos de ese país y, en amplias zonas, lo que existe es un Estado algo más que embrionario dirigido por las FARC.
La acusación de que las FARC y el narcotráfico son lo mismo o participan de negocios semejantes no es sino el pretexto para negarse a negociar el canje de prisioneros propuesto por la guerrilla y en principio aceptado por el gobierno de Álvaro Uribe, canje que, también con la aceptación de las partes, tiene como mediador a Hugo Chávez, el presidente constitucional de Venezuela. El gobierno colombiano hará todo lo posible por sabotear ese acuerdo, pues sería el primer paso para la reconciliación nacional y la paz, una paz que anhela el pueblo colombiano, pero acabaría con los negocios de la oligarquía. Ese es el problema.
Y ahora, injerencia colombiana
Humberto Musacchio
Las autoridades colombianas han hecho un modus vivendi del presunto combate al narcotráfico y a la guerrilla, pues con ese pretexto reciben “ayuda” económica y militar de Estados Unidos
Para el señor Luis Eduardo Garzón, alcalde de Bogotá, en la capital mexicana “no ha mejorado la percepción de seguridad, elemento fundamental para atraer inversión extranjera y proporcionar tranquilidad”, por lo que recomienda evitar las políticas asistencialistas, pues los gobernantes no son “la madre Teresa de Calcuta ni se trata de repartir leche o pan”. De ahí que, en lugar de repartir vales de despensa, aconseje crear “huertas caseras o una red alimentaria” (Excélsior, 3/X/07).
Las recomendaciones de Garzón, como esa de crear huertas caseras en una urbe como la nuestra, darían risa de no tener un trasfondo injerencista y mentiroso. El señor alcalde, en lugar de repartir consejos, bien podría empezar por su casa, pues si bien es cierto que en el centro de Bogotá hay una relativa seguridad, sobre todo por las parejas de guardias con ametralladoras situadas cada media cuadra, lo cierto es que las barriadas pobres viven bajo el terror de las mafias y las zonas ricas deben contar con alarmas, guardias privados y otros recursos, para darse la protección que el gobierno es incapaz de proporcionar.
Contra lo que él cree, el señor Garzón sí se parece a Teresa de Calcuta, en cuyos hospitales no se administraban analgésicos a los enfermos, en la idea de que debían sufrir para ganar el cielo. Es lo mismo que negarse a aplicar políticas asistenciales en países donde las mayorías sociales deben soportar su miseria para ganar el favor del Altísimo.
Otra muestra de esa actitud metiche la dio un tal Mario Iguarán Arana, fiscal general de aquel sufrido país sudamericano, quien habló de “agentes encubiertos” colombianos “que se infiltran y operan en México” y aun se dan el lujo de venir con los cargamentos de cocaína que llegan de Colombia, de todo lo cual “el gobierno del presidente Felipe Calderón está enterado y avala las prácticas de inteligencia colombiana” (La Jornada, 2/X/07).
Para no ser menos, Francisco Santos Calderón, vicepresidente de Colombia —sí, vicepresidente de esa República—, confirmó lo dicho por el fiscal (equivalente al titular de la PGR de aquí) y, de su cosecha, sin aportar prueba alguna, declaró que había nexos entre los narcotraficantes mexicanos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC, las cuales, dijo, “controlan buena parte de la producción de cocaína en territorio colombiano” y se disputan el control del mercado de la droga, en aquel país, con el llamado cártel del Valle.
Las tonterías del señor Santos Calderón no pararon ahí. En otro momento declaró que “el aparato” de las FARC “está muy metido en un centro de estudios, en muchas organizaciones, no sé cómo llamarlas, de investigación, cosas que tienen un nombre muy rimbombante, pero donde se discute la realidad latinoamericana, se apoya la lucha armada, la lucha de clases”.
De modo que, según Santos Calderón, es un delito trabajar en un centro de investigación donde se estudia la realidad latinoamericana. De ahí, brillante como es, el señor vicepresidente deduce que en lugares como ese centro se apoya la lucha armada, tal vez mediante el lanzamiento de libros a la cabeza de seres tan ignorantes como él, quienes creen que la lucha de clases es una especie de estufa a la que basta con echarle combustible.
Las acusaciones de tan encumbrados funcionarios colombianos son gravísimas y obligan al gobierno mexicano a exigir pruebas, lo que no hará porque los funcionarios de la administración panista compiten en ignorancia e ineptitud con sus homólogos colombianos, con los que, para colmo, ya expresaron coincidencia en sus indemostrables hipótesis.
No debería sorprender la desfachatez de esos indignos representantes de un pueblo por muchas razones entrañable para los mexicanos. Las autoridades colombianas han hecho un modus vivendi del presunto combate al narcotráfico y a la guerrilla, pues con ese pretexto reciben “ayuda” económica y militar de Estados Unidos, la que alimenta frecuentes escándalos de corrupción.
Los citados funcionarios carecen de autoridad moral o política para andar repartiendo consejos. Más de la mitad del territorio colombiano vive al margen del Estado. En algunas regiones manda el narcotráfico, en otras el bandolerismo paramilitar creado y pagado por los gobiernos de ese país y, en amplias zonas, lo que existe es un Estado algo más que embrionario dirigido por las FARC.
La acusación de que las FARC y el narcotráfico son lo mismo o participan de negocios semejantes no es sino el pretexto para negarse a negociar el canje de prisioneros propuesto por la guerrilla y en principio aceptado por el gobierno de Álvaro Uribe, canje que, también con la aceptación de las partes, tiene como mediador a Hugo Chávez, el presidente constitucional de Venezuela. El gobierno colombiano hará todo lo posible por sabotear ese acuerdo, pues sería el primer paso para la reconciliación nacional y la paz, una paz que anhela el pueblo colombiano, pero acabaría con los negocios de la oligarquía. Ese es el problema.
lunes, 1 de octubre de 2007
Más y más argumentos
Milenio Diario, lunes 1 de octubre de 2007
El panismo, mal congénito
José Luis Reyna
La alternancia política de 2000 trajo consigo una nueva clase política, diferente a la que rigió los destinos de este país por más de siete décadas. La encabezó Vicente Fox cuyo desempeño se discute hoy en medio del escándalo y la vergüenza. Su presunto enriquecimiento ilícito es un ángulo del problema. El desastre en que dejó al país es otro: rompió con ejes básicos de la institucionalidad política del país. Fox, junto con su cónyuge, actuaron como terroristas que dejaron al Estado en una condición precaria y lastimosa. Es indudable que el PRI había concluido su ciclo histórico en el poder. Pero es lamentable que haya sido sucedido por una clase y un partido que padecen de un mal congénito: su incapacidad para gobernar, aglutinar y llegar a acuerdos. El panismo es un segmento político fraccionado. El sexenio pasado y el que va del actual son pruebas al respecto.
La inevitable e indispensable investigación que está en ciernes concluirá si la pareja presidencial, sus familiares y sus allegados tienen responsabilidades penales. Por ahora baste plantear que la gobernabilidad y el sentido común estuvieron ausentes durante el sexenio anterior. Tan es así que el panismo dejó al país peor de como lo recibió. Revisemos, por ejemplo, su actuación en política exterior: destruyeron los principios de la doctrina Estrada que le ahorraron a México múltiples confrontaciones internacionales. Fox profanó la soberanía de Bolivia, Cuba, Venezuela y muy recientemente de Chile. Tuvo un caballerango, como ranchero que es, reencarnado en la figura del todavía presidente del PAN, el señor Espino, que cada día gana más repudio de la administración de Felipe Calderón.
El último desaguisado de la larga cadena de desatinos ocurrió a mediados del pasado septiembre en Chile. El señor Espino, con esa autoridad moral que cree tener pero de la que carece, instó al partido Demócrata Cristiano (DC) de Chile para dejar de ser un instituto político con inclinaciones “izquierdizantes” (El Mercurio, 17/IX/07). Cuestionó, además, la posición de ese partido que, según él, tendría que ubicarse más hacia la “derecha”, como correspondería a su plataforma política e ideológica.
La “recomendación” de Espino, presidente también de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), que agrupa a los partidos demócratas de esa orientación en América Latina, indignó a Soledad Alvear (quien visitó México la semana pasada), senadora chilena, ex contendiente en la última elección presidencial y actual presidente de la DC chilena, quien le respondió: “Espino desconoce la realidad chilena, se entromete en la política interna de Chile y es desleal con un miembro de la ODCA”.
La recomendación de Espino fue todavía más lejos, pues insinuó que sus aliados naturales tendrían que ser partidos que apoyaron la dictadura militar chilena (1973-1990), una de las más atroces de América Latina. Esos partidos, Renovación Nacional y el ultraderechista Unión Democrática Independiente, defendieron a Pinochet hasta el último minuto y avalaron, sin ambages, las violaciones a los derechos humanos que durante el largo periodo de Pinochet se cometieron. Por tanto, la posición de la senadora Alvear es clara y contrastante con la de Espino: impedir que la derecha gane espacios en el sistema político chileno. No es sorpresivo, por lo mismo, que el PAN haya recibido, el año pasado, con pompa y circunstancia al conservador José María Aznar, ex presidente del gobierno español para apoyar la candidatura presidencial de Calderón.
En los últimos días, además, Fox fue designado copresidente de la organización derechista Izquierda Demócrata de Centro (IDC), no sin la molestia de algunos de sus dirigentes. Con la designación de Fox resulta que dos panistas, Espino y Fox, tendrán control sobre dos de las organizaciones que agrupan a los partidos más conservadores del mundo. Por ello, Calderón ha empezado a mover sus piezas. Buscará que la presidencia del PAN quede en manos de un personaje cercano a él y no enfrentar a un dirigente hostil como lo ha sido Espino, ya para no mencionar a Fox, de quien necesita deslindarse a riesgo de que lo siga dinamitando. El encuentro entre Alvear y Calderón la semana pasada pudo acelerar los tiempos relacionados con la dirigencia del PAN, lo que explicaría la renuncia de Germán Martínez a su cargo en el gabinete.
El panismo no ha aprendido a gobernar. Y lo peor es que aquellos que lo han encabezado se encargan, con su quehacer cotidiano, que la gobernabilidad se convierta en algo titubeante en tanto que la confrontación, interna y externa, se dé con mucha naturalidad. Urgen correcciones rápidas y remedios contra el mal congénito del PAN.
El panismo, mal congénito
José Luis Reyna
La alternancia política de 2000 trajo consigo una nueva clase política, diferente a la que rigió los destinos de este país por más de siete décadas. La encabezó Vicente Fox cuyo desempeño se discute hoy en medio del escándalo y la vergüenza. Su presunto enriquecimiento ilícito es un ángulo del problema. El desastre en que dejó al país es otro: rompió con ejes básicos de la institucionalidad política del país. Fox, junto con su cónyuge, actuaron como terroristas que dejaron al Estado en una condición precaria y lastimosa. Es indudable que el PRI había concluido su ciclo histórico en el poder. Pero es lamentable que haya sido sucedido por una clase y un partido que padecen de un mal congénito: su incapacidad para gobernar, aglutinar y llegar a acuerdos. El panismo es un segmento político fraccionado. El sexenio pasado y el que va del actual son pruebas al respecto.
La inevitable e indispensable investigación que está en ciernes concluirá si la pareja presidencial, sus familiares y sus allegados tienen responsabilidades penales. Por ahora baste plantear que la gobernabilidad y el sentido común estuvieron ausentes durante el sexenio anterior. Tan es así que el panismo dejó al país peor de como lo recibió. Revisemos, por ejemplo, su actuación en política exterior: destruyeron los principios de la doctrina Estrada que le ahorraron a México múltiples confrontaciones internacionales. Fox profanó la soberanía de Bolivia, Cuba, Venezuela y muy recientemente de Chile. Tuvo un caballerango, como ranchero que es, reencarnado en la figura del todavía presidente del PAN, el señor Espino, que cada día gana más repudio de la administración de Felipe Calderón.
El último desaguisado de la larga cadena de desatinos ocurrió a mediados del pasado septiembre en Chile. El señor Espino, con esa autoridad moral que cree tener pero de la que carece, instó al partido Demócrata Cristiano (DC) de Chile para dejar de ser un instituto político con inclinaciones “izquierdizantes” (El Mercurio, 17/IX/07). Cuestionó, además, la posición de ese partido que, según él, tendría que ubicarse más hacia la “derecha”, como correspondería a su plataforma política e ideológica.
La “recomendación” de Espino, presidente también de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), que agrupa a los partidos demócratas de esa orientación en América Latina, indignó a Soledad Alvear (quien visitó México la semana pasada), senadora chilena, ex contendiente en la última elección presidencial y actual presidente de la DC chilena, quien le respondió: “Espino desconoce la realidad chilena, se entromete en la política interna de Chile y es desleal con un miembro de la ODCA”.
La recomendación de Espino fue todavía más lejos, pues insinuó que sus aliados naturales tendrían que ser partidos que apoyaron la dictadura militar chilena (1973-1990), una de las más atroces de América Latina. Esos partidos, Renovación Nacional y el ultraderechista Unión Democrática Independiente, defendieron a Pinochet hasta el último minuto y avalaron, sin ambages, las violaciones a los derechos humanos que durante el largo periodo de Pinochet se cometieron. Por tanto, la posición de la senadora Alvear es clara y contrastante con la de Espino: impedir que la derecha gane espacios en el sistema político chileno. No es sorpresivo, por lo mismo, que el PAN haya recibido, el año pasado, con pompa y circunstancia al conservador José María Aznar, ex presidente del gobierno español para apoyar la candidatura presidencial de Calderón.
En los últimos días, además, Fox fue designado copresidente de la organización derechista Izquierda Demócrata de Centro (IDC), no sin la molestia de algunos de sus dirigentes. Con la designación de Fox resulta que dos panistas, Espino y Fox, tendrán control sobre dos de las organizaciones que agrupan a los partidos más conservadores del mundo. Por ello, Calderón ha empezado a mover sus piezas. Buscará que la presidencia del PAN quede en manos de un personaje cercano a él y no enfrentar a un dirigente hostil como lo ha sido Espino, ya para no mencionar a Fox, de quien necesita deslindarse a riesgo de que lo siga dinamitando. El encuentro entre Alvear y Calderón la semana pasada pudo acelerar los tiempos relacionados con la dirigencia del PAN, lo que explicaría la renuncia de Germán Martínez a su cargo en el gabinete.
El panismo no ha aprendido a gobernar. Y lo peor es que aquellos que lo han encabezado se encargan, con su quehacer cotidiano, que la gobernabilidad se convierta en algo titubeante en tanto que la confrontación, interna y externa, se dé con mucha naturalidad. Urgen correcciones rápidas y remedios contra el mal congénito del PAN.
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